
Por debajo del discurso de unidad y continuidad de la Cuarta Transformación, en Guerrero ya se mueve una operación política con olor a pasado. La reciente conformación del grupo autodenominado “Constructores del Segundo Piso de la 4T” no es un acto espontáneo ni un ejercicio de reflexión ideológica, sino un reacomodo temprano de actores desplazados, unidos más por lo que rechazan que por lo que proponen.
La fotografía del encuentro lo dice todo: viejos cuadros del PRI y del PRD, muchos de ellos vinculados histórica y políticamente al exgobernador Ángel Aguirre Rivero, ahora arropados bajo símbolos de Morena y con la imagen de la presidenta Claudia Sheinbaum como telón de fondo. La paradoja es evidente: quienes durante años combatieron al movimiento hoy buscan legitimarse en su narrativa.
En el centro del tablero aparece Beatriz Mojica Morga, senadora de Morena, cuya trayectoria política se ha caracterizado por una constante: la adaptación al momento político. De negar cualquier coincidencia con Andrés Manuel López Obrador y respaldar a Ricardo Anaya, a presentarse hoy como referente del “segundo piso” del obradorismo. No es un juicio moral, es un dato político.
Menos visible, pero igual de relevante, es el papel de Héctor Ulises García Nieto, hoy funcionario del gobierno de la Ciudad de México, quien ha venido operando —no por primera vez— reuniones y acercamientos para impulsar la figura de Mojica rumbo a 2027. Su rol confirma que esta no es una discusión local ni inocente: hay intereses que buscan incidir desde fuera en la sucesión guerrerense.
El objetivo real del grupo parece claro: contener, acotar o descarrilar las aspiraciones del senador Félix Salgado Macedonio, figura con arraigo territorial, capital político propio y peso real dentro de Morena en Guerrero. De ahí que el mote TUCOF (Todos Unidos Contra Félix) haya ganado terreno: describe con precisión la lógica de esta alianza.
El deslinde público de Ángel Aguirre Rivero es significativo, pero insuficiente para disipar las dudas. La negación formal no borra la coincidencia de perfiles ni la memoria política. En Guerrero, los apellidos y las trayectorias pesan más que los comunicados.
La disputa por 2027 ha comenzado antes de tiempo y no gira en torno a proyectos, sino a quién controla el proceso interno y la narrativa de legitimidad ante el centro del país. Morena enfrenta así un reto interno: decidir si su futuro se construye con arraigo popular y coherencia política, o con el reciclaje de viejas élites que hoy se dicen transformadoras.